Un poco de amabilidad puede hacer toda la diferencia
- Liliana Cerdio

- 18 may 2021
- 2 min de lectura
Cuenta una historia que una persona trabajaba en una planta congeladora de pescado en Noruega.
Un día, poco antes de terminar su horario de trabajo, fue a uno de los refrigeradores para inspeccionar algo; se cerró la puerta con el seguro y se quedó atrapado dentro. Golpeó fuertemente la puerta y empezó a gritar, pero nadie lo escuchaba. La mayoría de los trabajadores ya se habían ido a casa, y era casi imposible que alguien lo oyera debido al grosor de esa puerta.
Llevaba cinco horas en el refrigerador, al borde de la muerte.
De repente se abrió la puerta. El guardia de seguridad entró y lo rescató. Cuando le preguntaron por qué se le ocurrió abrir esa puerta si no era parte de su rutina, respondió:
«Llevo trabajando en esta empresa 35 años; cientos de trabajadores entran a la planta cada día, pero él es el único que me saluda en la mañana y se despide de mí en las tardes. El resto me trata como si fuera invisible.
«Hoy me dijo ‘hola’ a la entrada, pero nunca escuché su ‘hasta mañana’. Yo espero por ese saludo cada día. Al notar que no se había despedido de mí, pensé que debía estar en algún lugar del edificio, así que lo busqué y lo encontré.»
En el trabajo, como en todas partes, antes que licenciados, directores, jefes, contadores, ingenieros o secretarias, somos seres humanos rodeados de seres humanos. Tratarnos como tales genera un clima de trabajo más agradable para todos y trae beneficios innumerables: trabajo en equipo, compromiso, confianza, comunicación, empatía.
No se trata de ser amables por conveniencia; sin embargo, en el momento en que necesitemos de alguien, será más fácil obtenerlo si tenemos una relación positiva, basada en el respeto y la amabilidad.
A veces creemos que son detalles sin importancia, o los evitamos porque pensamos que a los demás les da igual el que los saludemos. Asumimos que ya saben que en el fondo sí nos caen bien, o que nuestra cara de pocos amigos no es por ellos sino porque tenemos prisa.
Pero la verdad es que a los demás les importa más de lo que creemos. Nunca sabemos a quién podremos alegrarle el día con una sonrisa, un cumplido o una pregunta que demuestre interés real. No cuestan nada, y sin embargo valen muchísimo.
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